viernes, 5 de febrero de 2016

Trabajo Voluntario Matemáticas
Parte histórica:
Nació de forma natural en una campa en la que se comerciaba, junto a la antigua Puerta del Sol de la muralla salmantina y, por encontrarse allí la Iglesia de San Martín, fue conocida desde el siglo XV como plaza de San Martín.  Esta plaza era mucho más grande que la Plaza Mayor, casi cuatro veces más y se extendía no solamente por la actual plaza, sino que comprendía la plaza del mercado, la del Corrillo y la del Poeta Iglesias, siendo considerada como "La plaza más grande de la cristiandad", en la cual se realizaban simultáneamente todas las funciones de una plaza (fiestas, mercado, etc.).
La idea de su construcción proviene del empeño administrativo del corregidor andaluz Rodrigo Caballero que a la edad de sesenta años logró convencer al Ayuntamiento de la necesidad de una plaza más armónica y acorde con las corrientes urbanísticas de la época. En 1724 se segregó de la plaza primitiva y se comenzó a construir una plaza al estilo de la de Madrid, por el arquitecto Alberto de Churriguera, trasladándose a ella el Ayuntamiento (las Casas Consistoriales) lo que le dio el rango de Plaza Mayor. Muerto Churriguera, terminó la obra Andrés García de Quiñones(1755). Desde el punto de vista estético, la de Salamanca mejora claramente su modelo, no solamente por el material empleado (piedra franca de Villamayor con su color dorado característico), sino por sus proporciones, mucho más armoniosas y por ser completamente cerrada. Hay que tener en cuenta, que por entonces la de Madrid tenía dos plantas más y no estaba del todo cerrada: tras sufrir un incendio en 1790 (más de tres décadas después de terminada la de Salamanca), fue reconstruida por Juan de Villanueva, y fue remodelada suprimiendo los mencionados dos pisos (lo que mejoró sus proporciones) y cerrando las esquinas con arcos para la entrada de las calles, al modo de la de Salamanca.
Parte Literaria:

El misterio de la mujer muerta en la Plaza Mayor

Al pasar junto al arco de la Plaza Mayor que da salida a las escalerillas del Mercado, los padres cuentan a los niños el misterio de la mujer muerta. Los niños  levantan la mirada, se agarran con más fuerza a la mano de quien les lleva, y con mucha seriedad contemplan la inscripción de la mujer muerta.
Un escalofrío incipiente cosquillea en la nuca de los niños, detienen su marcha bajo el balcón, y sin dejar de observar el mensaje de piedra preguntan ¿quién era? ¿qué le pasó?
No se sabe.
“Aquí se mató una mujer rueguen a Dios por ella año 1838”
Pero sí sabemos que en otros lugares existen inscripciones parecidas. Sin ir muy lejos de la Plaza Mayor, en la recoleta placita de Sexmeros, en la fachada de una casa frente a la iglesia de san Julián encontramos esto:
“ AD 1792 Aquí mataron a un homvre ruegue a Dios por el” [SIC]
En otras ciudades también se recogen testimonios de inscripciones parecidas. En Segovia, frente a la iglesia de santa Eulalia, bajo unos porches, “adosada al muro se ve una cruz con esta leyenda <<Aquí murió un hombre. Pedid por él>>”. Así lo recoge Julián María Otero en 1915 en el libro Itinerario sentimental de la ciudad de Segovia, o sea , un paseo por sus calles…
En Córdoba, en la pared del convento de santa Ana hay una cruz de madera en cuya peana se puede leer: “Aquí se mató un hombre que cayó de esta pared rueguen al Señor por él. Año de 1677”
Los libros de Historia no dicen nada de estas inscripciones. Las historias pequeñas de la mujer muerta en la Plaza Mayor o del hombre asesinado en la plaza de Sexmeros le importan sólo a la Literatura.
Una explicación de estas inscripciones la aporta Eulogio Florentino Sanz en Don Francisco de Quevedo Drama en cuatro actos:
Escuchad con atención:
(con lentitud)
Siempre que es muerto un cristiano
al golpe de agena mano [sic]
sin hacer su confesión, los vivos, que en la infinita
bondad esperan con fe,
donde el hombre muerto fue
Clavan una cruz bendita.
[…]
Y esa cruz santa
lúgubre allí se levanta,
para repetir a todos:
—por tragedia tan cruel
del cielo invocando el nombre—
<<Aquí mataron a un hombre…
rogad al cielo por él>>
Es decir que la clave de este tipo de inscripciones estaba en morir sin confesión. Cuando eso sucedía, familiares y amigos del fallecido pedían a través de estas inscripciones, a todo el que pasara por el lugar, cuantas más oraciones mejor para que le fueran perdonados al muerto los pecados que no pudo confesar.
Juan Ramón Jiménez, aporta una explicación parecida :
La noche echada, María,
y el pueblo triste y con luces
que dulce melancolía
se pone sobre esas cruces!
Aquí mataron á un hombre
allí un hombre se mató…
cada cruz enseña un nombre
—¿los has leído— yo no…
yo nunca los he leído
un asesino… un suicida…
un hombre que va vestido
De negro por la otra vida.
Juan Ramón, bastante más generoso que Florentino Sanz, extiende el efecto redentor de estas inscripciones no sólo al que fallece sin confesión “al golpe de ajena mano”, también a  los que se suicidan.
Una explicación algo distinta es la que aporta Clerjon de Champagny, un soldado francés que escribió Álbum de un soldado durante la campaña de 1823 en España. Una especie de diario en el que habla de las costumbres españolas que va encontrando a su paso por el país. Francisco Morales Padrón hace alusión enGuía sentimental de Sevilla al contenido de este diario :
“[…]los petimetres sevillanos que al pie de la reja cantan serenata a las amadas. Si surge un rival la reyerta es inevitable. Y si uno de los fogosos amantes muere, en la casa de la beldad disputada se fija un azulejo coronado con una cruz negra con estas palabras: <<Aquí mataron a tal…etc>> Inscripciones que no intimidan a los enamorados por lo que a veces se encuentra repetida la fúnebre plaquita en la misma mansión”.
Siguiendo las explicaciones del soldado francés, tras estas inscripciones se ocultarían historias de rivalidad incontrolada entre dos hombres, que con los ojos puestos en la misma mujer echaron mano a sus espadas, puñales, o arcabuces para resolver el conflicto, sin molestarse en pedir opinión a la interesada, que por aquellos siglos era un detallín de poca importancia.
Mucho antes de la aparición de los petimetres, Calderón de la Barca sostiene la misma teoría que el soldado francés. En Hombre pobre todo es trazas, Calderón describe el enfrentamiento de dos hombres por una mujer. Aunque hay que decir que en este fragmento el escritor deja claro que no todos los españoles eran de duelo fácil. Don Félix y Rodrigo se disputan a Beatriz:
FEL
Has procedido
como villano cobarde

RODR.
Así moriré más tarde
[…]
que por eso
no hemos de reñir tampoco

FEL:
A estocadas

RODR.
¿A estocadas?
[…]
que no han de decir por mi:
Aquí mataron a un hombre
Sino:aquí como un lebrel
(Desta suerte han de decir)
A un hombre hicieron huir
rueguen al miedo por él.
Las inscripciones solicitando oraciones para muertos anónimos más o menos misteriosos debieron de ser muy frecuentes en los siglos XVII, XVIII, y XIX, ya que los escritores las consideraban un hecho conocido, entendido por todos, y aludían a ellas incluso en un tono burlesco como Tirso de Molina en La Romera de Santiago:
Traigo los pies y son vainas
donde el juanete profesa
tan gran clausura, que obliga
con las meninas tijeras
a la cuchillada en cruz
Y dice abajo una letra:
<<Aquí mataron a un callo,
Rueguen a doña Teresa,
que se calce un punto más,
porque de esta suerte tenga
su apretado pie en descanso
De cordobán y de suela.

La frecuencia de aquellas inscripciones no ha llegado a nuestros días porque muchas de las casas que guardaban en sus muros el recuerdo de una muerte fueron derribadas.

Así ha ocurrido en Salamanca, donde encontramos testimonios de alguna de esas cruces hoy desaparecida:

En la calle de la Rúa, el día de san Marcos de 1752, caminaba pacíficamente Tomás, arreando dos mulas cargadas con aceite. No muy lejos de allí, una muchedumbre algo perjudicada por el vino y la fiesta había procedido a la suelta del Toro de san Marcos. Un toro enmaromado que inició una rápida carrera calle Zamora abajo.

Los participantes llevaban al toro hasta la Universidad con el objetivo de que el animal entrara por una puerta y saliera por otra como ordenaba la tradición.

Tomás, ajeno a la fiesta, seguía su camino por la calle de la Rúa. El toro no tardó mucho en llegar a la Rúa. Cuando el astado se encontró con Tomás lo empitonó sin piedad. De nada sirvieron los esfuerzos de los jóvenes que tiraban de la maroma para quitarle de encima el toro al arriero. Tomás perdió la vida entre los cuernos de aquel toro. Al año siguiente se prohibió la suelta del Toro de san Marcos.

La tragedia de Tomás se grabó con una cruz sobre pizarra que se colocó en el punto donde sucedió la desgracia. No conocemos ese punto porque el muro donde se colocó la cruz tampoco se ha conservado.

Como la cruz de Tomás, otras muchas cruces habrán desaparecido al derribarse casas viejas.

Quién sabe si la mujer de la Plaza Mayor soportó una existencia atormentada que la arrastró al suicidio, o si fue una mujer alegre más propensa a la risa que a la lágrima, que al pasar junto al arco de la Plaza un día de 1838 sufrió cualquier accidente, o se encontró con un bandido al que negó la bolsa y le quitó la vida.

Quien sabe si el hombre asesinado de la plaza de Sexmeros murió víctima de rivalidades políticas o hasta familiares, si perdió la vida defendiendo el puñado de reales que guardaba bajo la casaca, o si murió porque, a su modo, amó a alguna joven que en el año de 1792 residió al otro lado del muro que hoy sostiene la inscripción de aquella muerte.

De la mujer muerta en la Plaza Mayor y del hombre asesinado en la plaza de Sexmeros no sabemos mucho. Pero sí sabemos que tuvieron una muerte repentina que sumió a su entorno en una tristeza tan grande que cinceló la piedra de los muros, y viajó en el tiempo, y todavía hoy ensombrece la mirada y el semblante de todo el que pasa atento a las historias que guardan entre las piedras los muros antiguos.
Foto Original:
plazamayordesalamancaayuntamiento01 (2).jpg
Ayuntamiento Lineas.PNG
Figura:
Ayuntamiento Sin Fondo.PNG

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